miércoles, 8 de febrero de 2012

CAPITULO I (El comienzo de mi historia) .///////.

Andamos un largo trecho juntos a la autoridad, hasta la hacienda a lo lejos empezar a divisar, y ellos cambiaron de rumbo al ver que no peligraba ya nuestra seguridad. Llegamos anocheciendo a las puertas de la cerca, donde esperaba Domingo junto a varios gañanes preocupados por la tardanza nuestra, no saber lo que hacer para calmar la intranquilidad que se respiraba en la huerta. Le contamos lo ocurrido y el ejemplo era mi abuelo, al que llevaron en brazos hasta casa de consuelo, una anciana que preparaba con plantas unos ungüentos, que si estos no te sanaban es porque te habías muerto. Repartieron el ganado entre las cuadras que había y prepararon el corte para empezar el nuevo día, con las labores que el campo para producir requería, arando y sembrando esa tierra de la que ellos con tanto esfuerzo malvivían.

Mientras el alba en la mañana renacía, en mi abuelo unas manchas moradas sobre su cuerpo aparecían; dando la sensación de que la sangre del cuerpo se le salía. Consuelo que era una experta en curar estas dolencias, con sanguijuelas sangraría ese cuerpo con paciencia, a la espera que resista esta larga penitencia. Cuando el día concluía se agravaron las dolencias y el herido algunas veces perdía hasta la conciencia, mientras otras deliraba o con palabras soeces insultaba a su sapiencia. Aquella noche fue larga y para mi toda en vela, pues veía que aquel hombre que tanto quería se iba apagando como si fuera una vela, y ni los ánimos de todos a mi situación ellos consuelan. Amaneció la mañana bajo es canto de un joven gallo, que trajimos del mercado con cinco gallinas y dos guarros, para repoblar aquella casa donde el invierno cruel hizo tanto daño.

Quedamos en recoger las monedas prometidas en el lugar indicado por el corregidor y su partida; para lo cual preparamos el caballo que ganamos en la escaramuza sufrida. Ruy que aquella mañana marchaba se brindo para acompañarme y despidiéndose de todos prometió a la vuelta visitarles al considerar que era de todos ellos como una pequeña parte. Salimos los dos montados en aquel estupendo animal que Babieca parecía aunque la comparación este mal. Cuando cerca del pueblo llegamos vimos con preocupación como de un cadalso colgaban unos cuerpos que habían dejado después de su ejecución, para que sirvan como ejemplo a todos los que estén pensando hacer de la delincuencia su adorada profesión.

Franqueamos una puerta donde dos armados soldados, controlaban siempre el paso de quienes no estuvieran citados. Entramos en una sala con austeridad amueblada donde en una especie de trono el corregidor despachaba de los asuntos del día y los que más atrasados estaban. En el preciso momento que la vista encima nos echo, lo que en ese momento hacia, al instante interrumpió, y llegando hasta nosotros a otra habitación nos llevo, para hacernos efectivo la bolsa que prometió.
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