miércoles, 8 de febrero de 2012

CAPITULO I (El comienzo de mi historia) fin

Nos reunimos a la hora convenida todos los que por la edad éramos de la partida, y a la cabeza el carretero que al gremio del mismo nombre este buen hombre pertenecía. Había cuatro gañanes y cuatro mozos de mulas junto a dos buenos pastores que de la mesta venían, y donde el desastre les sorprendió y su ganado perdieron aquellos desgraciados días, que tanto sacrificio costaron a todos aquellos que en estas tierras sobrevivían.

Se hizo un amplio balance de la actual situación y de cuantas propiedades había en nuestra pobre institución, yo como más ilustrado prestaba mucha atención y con pluma de ganso incluida anotaba en un renglón, lo que cada uno cantaba con bonita o fea voz. Fray Tomas estaba presente para legitimidad dar, en aquel auto de fe para vencer la triste y cruel necesidad, de empezar a levantar con los medios disponibles esta humilde sociedad. Se repartieron faenas atendiendo a la profesión y a cada uno un terreno de cultivo se asigno, para empezar la faena con urgencia y total dedicación, junto a los pocos aperos que Don Iñigo dejó. Para no causar envidias, el ganado se rifo, menos el caballo tordo que ese me lo quede, yo.

Los dineros que quedaban Fray Tomas los requiso, junto a las cuarenta y cinco monedas restantes de la bolsa que nos dio el corregidor, y como el mejor depositario por ser el representante del Dios. Se contaron las monedas y de las que cantidad no me acuerdo y en un pergamino anotado quedaron el metálico entregado, junto a los diversos repartos y finales acuerdos, que en las tierras de Don Iñigo de Luna firmaron: un franciscano de notario, y un grupo de humildes siervos.

Todo seguía su curso y al terminar el verano Don Iñigo apareció sin enviar ningún recado, simplemente apareció como alma que trae el diablo, demacrado y dolorido sobre su caballo blanco. Mi abuelo recuperado a recibirle salió y con un apretón de manos en la puerta recibió para hacerle entrega de nuevo de su adorada mansión. Como estaba muy cansado ni siquiera pregunto aunque mi abuelo entre dientes: - a Martín que le pasó; - susurro. Y el casi sollozando; - cuando íbamos de camino el pobrecito en mis brazos se murió. Le prepararon su estancia que cerrada se tenia y una recepción humilde de los siervos al señor con una cena para todos en su honor se repartía, demostrando el cariño y devoción que por este hidalgo entre sus gentes había.

A la mañana siguiente se le entrego la información requerida, sobre todo lo ocurrido desde el día de su partida, quedando congratulado con las tomadas medidas, dejando la situación como estaba, y partiendo el futuro desde ese mismo día. Estando el señor de nuevo y mi abuelo ya repuesto, vi que mi camino era buscar horizontes nuevos, para lo que acabado el verano hice un ato y con lo puesto, despidiéndome de todos y una bolsa con monedas, me fui andando por el camino a descubrir el mundo presto.                                                                              

(final 1º Capitulo)

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